Sólo el Corazón de Jesús

La primera llamada a abrazar la vida sacerdotal sucedió al comenzar a estudiar la carrera de Ingeniería Química.

Nací en una familia profundamente católica. De mis padres siempre he aprendido a descubrir en Dios el fundamento de mi vida. De mi padre, de nombre Jesús, que fue llamado a la presencia de Dios hace 15 años, aprendí a descubrir la importancia del no dejarse vencer por las dificultades y del ser fiel a la palabra dada. De mi madre, de nombre Columba, sigo aprendiendo a ver a Dios como el amor cercano a mi vida y a encontrar en ese amor la última respuesta a todas mis preguntas. La primera llamada a abrazar la vida sacerdotal sucedió al comenzar a estudiar la carrera de Ingeniería Química cuando, durante el primer semestre, murieron dos de mis mejores amigos de la preparatoria en un accidente de carretera. Este suceso fue acompañado por una percepción más clara de la cercanía de la Virgen María en mi vida. Para ese entonces, pienso que mi vida estaba marcada por la tibieza; yo escuchaba excesivamente la música “Rock”.

Recuerdo una noche, antes de dormir, en la que contemplé una imagen de María, la de la Piedad de Miguel Ángel, y llegué a las lágrimas al experimentar mi ingratitud ante tanta bondad de Dios. Pienso que desde aquel día siempre me ha acompañado la conciencia de que mi vida es la historia de la misericordia de Dios para con mi pequeñez.

Terminé el estudio de Ingeniería y después cursé los estudios sacerdotales. Como sacerdote he ido encontrando un creciente sentido de mi ministerio en el Corazón de Jesús. Esta espiritualidad me ha cautivado, influido mucho por un director espiritual ejemplar, el padre Armando Garza, fallecido hace casi 3 años, quien decía que cuando se encontrase con el Señor en el cielo le quería poder decir: “Señor, ninguno de los que me encomendaste se ha perdido porque siempre traté de amarte lo más que pude en cada uno de mis hermanos”. He colaborado en una parroquia y en una rectoría. Actualmente apoyo como director espiritual adjunto en el Seminario Conciliar de México y también colaboro en la enseñanza de la filosofía en la Universidad Católica Lumen Gentium. Puedo decir que tengo dos grandes anhelos. Por una parte, ser instrumento para que los seminaristas se sepan profundamente amados por el Corazón de Jesús y hagan de su sacerdocio una ofrenda a este Corazón. Por otra parte, quisiera que se conocieran más los grandes tesoros de la reflexión filosófica y teológica que se han dado y se siguen dando en el seno de la Iglesia; verdaderos tesoros de pensadores y santos como Tomás de Aquino, Buenaventura, Agustín, Duns Escoto y tantos otros. Asímismo descubro un tesoro en el Magisterio de los últimos Papas como el beato Pablo VI, a quien siento especialmente cercano, san Juan Pablo II, ejemplo claro de oración, Benedicto XVI, cuyos escritos considero como un verdadero don de Dios para la Iglesia y para el mundo, y el Papa Francisco, testimonio claro de la ternura de Dios. Puedo decir que experimento un fuerte dolor al ver que estos tesoros de doctrina y espiritualidad son poco conocidos en el mundo de hoy.

Mi vocación al sacerdocio es la expresión de la misericordia de Dios para con mi pequeñez. Quisiera vivir más en el Corazón de Jesús a quien he descubierto en el dolor de los enfermos, en la soledad de los presos, en la actitud verdaderamente paternal del cardenal Norberto y tantos otros  buenos Obispos, en tanta gente buena que Dios ha puesto en mi camino y en los cristianos perseguidos, cuya fidelidad y martirio me han robado el corazón. Me encomiendo siempre a mis santos patronos, sobre todo la Virgen María, San José, San Juan María Vianney, Santa Teresita del Niño Jesús, Santa Juana de Arco y San Rafael Arnaiz.

Cuando el Señor me llame quisiera poder decirle lo mismo que aprendí de un ejemplar director espiritual: “Señor, ninguno de los que me encomendaste se perdió, porque siempre traté de amarte lo más que pude en cada uno de mis hermanos”.

Fuente: Siame

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