La Piedad popular

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Hablar de piedad popular es en primer lugar hacer la distinción necesaria entre ésta y lo que es la devoción, es hablar acerca de la importancia que tiene en nuestras costumbres religiosas y culturales, e incluso hablar de la fecundidad que tiene en la vida espiritual de nuestro pueblo profundamente católico.

La piedad popular por su parte designa las diversas manifestaciones culturales que se hacen de la fe salidas del ingenio de cada pueblo, por ejemplo: las mayordomías, que teniendo un sentido profundamente religioso se expresan desde su realidad impregnada de costumbres locales, y que tienen como objetivo manifestar la devoción y reverencia que se le da a Dios que, en su misericordia, se manifiesta en la vida de cada persona, culto que tiene su máximo fin en la Santa Misa y que al mismo tiempo hace vivir al hombre los misterios que en la Misa se han celebrado. 

Parece temerario decir que no conozco a ninguna persona que viva conscientemente los sacramentos sin antes haber recibido de sus antepasados prácticas piadosas y devotas; en mi caso me gustaría hablar en estas líneas de la confianza que, para mi vida espiritual, me regala la devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, la coronilla del Señor de la Misericordia y la participación desde mi infancia en actos de piedad y devoción a la infancia de Jesús en la imagen colonial del “Niño Pa” que se venera muy cerca de mi casa.

Sin duda estas expresiones de fe son sustento de mi encuentro con Cristo, encuentro que efectivamente tiene su culmen en la Santa Misa; muchas veces estas expresiones son vistas con poca paciencia cuando desconocemos el sentido religioso que hay en ellas, otras que también deben madurar y dejar el sincretismo, purificarse y dar verdadero culto, pero en el caso de las tres que he mencionado en el párrafo anterior, todas están en comunión con los dogmas de la Iglesia.

Fiel católico que no vea en María refugio y esperanza, se pierde de gran consuelo; la devoción claramente surge de la fe y del amor, y ¿Quién mejor para enseñarnos que ella? ¿Quién mejor para hacernos confiar y moldearnos en misericordia que Cristo mismo? o ¿Que mejor forma de comenzar la conversión que contemplando el inicio de la historia de la salvación en la infancia de Jesús? Si algo surge del encuentro con Cristo, eso es el deseo de reverenciarlo con todo nuestro ser a cada instante y momento. ¡Jesús, en ti confió!

VERA ARGUETA,  Eduardo.

Seminarista de 1° de Filosofía.

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