No estás solo, Él camina contigo

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Desde pequeño siempre tuve una relación muy cercana a Dios, la formación de mis padres siempre me orientó a verlo como un amigo que nunca falla. Todos los días orábamos en familia, antes de dormir y de camino a la escuela, normalmente asistíamos los domingos a la Eucaristía.

Cuando tenía 9 años, mi papá enfermó y tras un largo periodo en el hospital, murió. Yo, quizá como cualquier otro muchacho, me “enojé” con Dios, y decidí no hablarle más. Transcurrió mi vida con normalidad, iba de vez en cuando a Misa pero en mi corazón había algo que no me dejaba “perdonarlo”.

La situación en casa económicamente se apretó y yo quise ayudar a mi mamá al menos con un poco, y comencé a trabajar en la organización de campamentos para niños. Al poco tiempo, mi jefe, me invitó a ir a unas Misiones durante la Semana Santa, por supuesto no estaba en mis planes, pero Dios se encargó de que aceptara esa invitación que cambiaría mi vida. Fui a una comunidad en la Sierra Norte del Estado de Puebla, una de las zonas más complicadas de nuestro país, con una realidad económica y social muy dura. Estando ahí, veía a los niños que eran muy felices a pesar de vivir en condiciones muy adversas, y me hizo pensar sobre mi vida, que a pesar de que yo no tenía esas carencias; no estaba a gusto, me faltaba algo, y mejor dicho me faltaba Alguien. Tras una semana de compartir la fe, y por supuesto, uno cree que va a enseñar algo, pero en realidad aprende mucho más de lo que puede enseñar. Regresé a mi vida, no puedo decir que mi interior cambió “mágicamente”, fue un proceso de regresar a casa, a la Iglesia, primero con una vida sacramental y poco a poco en la opción por los demás, descubrí que Jesús me invitaba a seguirlo.

Participé como misionero laico durante un año, en Durango, ahí mi corazón continuó inquietándose. Tuve la oportunidad de hacer una peregrinación vocacional a Roma, ahí me quedé impactado por lo grande y diversa que es la Iglesia, y no me refiero a las piedras, porque a veces no nos damos cuenta de lo enorme que es la Iglesia; la gran comunidad de bautizados, esto me hizo pensar mucho, y fue poco a poco preparando mi corazón. Aquel viaje acabó en Fátima, Portugal, donde la Virgen se apareció a tres pequeños pastores; y ahí, en una noche junto a mis mejores amigos, después de rezar el rosario y estar adorando a Jesús Sacramentado; le dije que sí. No ha sido fácil el camino, sin duda ha sido salpicado de renuncias, pero realmente empapado de amor y satisfacción. No puedo sino caminar siempre agradecido con Jesús por invitarme y con María Santísima por darme valor. Si estás leyendo esto y en tu corazón sientes que te llama; no dudes, no estás sólo; Él camina contigo. ¡Ánimo!

TREVIÑO DÍAZ, Carlos Francisco Amador.

Seminarista de 1° de Teología.

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