Certeza y Esperanza

¿Cómo es posible que exhiban esto en un país en el que  mucha gente está padeciendo una terrible violencia?, vi a una señora llorando, ¡es demasiado impactante!’

Así dijo una persona a su acompañante, al salir de la exposición sobre la Sábana Santa que  se  exhibe  a  un  costado  de  la  Catedral  de  México.  Su  comentario  me  sorprendió porque yo recomendé esa exposición en este mismo espacio la semana pasada, y amigos que fueron a verla regresaron encantados. Continuó diciendo: ‘ Ya se sabe que Jesucristo dio su vida por una causa en la que creía, eso es muy respetable, pero muchas personas han  sufrido  cosas  terribles  contra  su  voluntad,  y  ver  esto  es  un  suplicio.’   Salieron apresuradamente. Sus palabras quedaron en mi mente. Hubiera querido responderle. Así que por si acaso lee esto, y sobre todo pensando en quienes quizá comparten su opinión, me animo a dar esta contestación.

Entre muchas cosas que enseñó, dijo de Sí mismo y prometió Jesús, cabe destacar tres:

1. Enseñó que hay que amar a  los enemigos; perdonar, decir  la  verdad, ser  justos, pacíficos, mansos. Pero cuesta cumplirlo en un mundo que vive lo contrario.

2.  Dijo  ser  Hijo  de  Dios,  Luz  del  mundo,  el  Camino,  la  Verdad  y  la  Vida  (no  uno  de tantos caminos o una de muchas verdades). Nadie en la historia se atrevió a afirmar eso de sí mismo.

3.  Anunció  que  sería  rechazado,  que  padecería  mucho  y  sería  llevado  a  la  muerte,  y prometió que resucitaría. Y ¡ni Sus discípulos entendieron a qué se refería!

Quien  enseñó,  dijo  y  anunció  algo tan  fuera  de  lo ‘ normal’ , o  mentía,  o  estaba  loco, o era  quien  decía  ser,  es  decir:  Dios.  ¿Dónde  averiguar  la  verdad?  Desde  luego  en  los Evangelios, que no dejan duda acerca de Su divinidad. Pero también en la Sábana Santa, el  lienzo  que  envolvió  el  cuerpo  de  Jesús  en  el  sepulcro,  y que  muestra  no  sólo  las manchas de sangre de la flagelación, la corona de espinas, la crucifixión, y la lanzada en el costado, sino una imagen en negativo que el cuerpo de Jesús irradió en milésimas de segundo cuando resucitó. Es la prueba de que Jesús cumplió lo que prometió, y que era verdad todo lo que enseñó, dijo y anunció. 

Esa persona decía que Jesús murió por una causa en la que creía, pues sí, y esa causa era ella, aunque no lo supiera; eres tú, soy yo, somos todos. 

Porque  nos  ama,  Jesús,  siendo  Dios,  se  hizo  Hombre,  y  asumió nuestros  dolores, sufrimientos,  angustias  y  terrores,  caídas  y  pecados  para redimirlos.  Padeció  para librarnos del mal, murió para rescatarnos de la muerte. Siglos antes lo había profetizado Isaías: “por sus llagas hemos sido curados”. (Is 53, 5).

Es  verdad,  como  decía  esa  persona,  con  sensibilidad,  que  hay mucha  gente  que  sufre, pero se equivocó al pensar que ver lo que padeció Jesús sólo la hace sufrir. Quien sufre, tiene  la  certeza  de  que  Jesús,  como  Hombre  que  sufrió,  le  comprende  y  acompaña,  y como Dios interviene, para iluminar y transformar aun su más oscura realidad. Sin duda duele  y  conmueve  ver cuánto  padeció  sin  merecerlo;  pero  queda  el  consuelo  de  saber que  lo  hizo  porque  nos  ama,  que  así  como  cumplió  Su  promesa  de  resucitar,  cumplirá las  demás,  que  como   Él,  también   nosotros  resucitaremos,  así  que  vale   la  pena esforzarnos por seguir Sus enseñanzas, por vivir según Su voluntad. 

Lamentablemente  esa  persona  no  captó el  sentido  de  la  exposición.  No  se  trata  de asomarse morbosamente a contemplar algo horrible que sucedió hace veinte siglos, para horrorizar  a  los  que  hoy  padecen, sino  abrir  una  esperanza,  sembrar  una  certeza:  el sepulcro quedó vacío, no es nuestro destino fatal. Gracias a Jesús estamos destinados a la  eternidad,  invitados  a  gozar  con  Él  una  felicidad  que  empieza  aquí y que  no  tendrá final.

Alejandra María SOSA ELÍZAGA
Texto DESDE LA FE, Domingo, 30 de julio de 2017

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