La Oración

Desde la aparición del hombre, es posible rastrear en toda cultura sobre la faz de la tierra un deseo de Dios, el hombre siente una necesidad interior de algo que lo trascienda, no hay una sola excepción; todos los pueblos han buscado vincularse con lo trascendente; unirse con Dios. Estas diferentes búsquedas quedan constatadas en sendas religiones de los pueblos.

No obstante lo dicho, hay una gran diferencia entre las formas más diversas de las religiones y el cristianismo; Dios se ha querido revelar al hombre. Dios habló a Abraham y estableció con él una Alianza prometiendo una gran descendencia, liberó al Pueblo de la esclavitud y manifiesta “tu serás mi Pueblo, y Yo seré tu Dios” (Éx 6, 7-8), es necesario tener en claro que esta es una referencia imprescindible, puesto que no es nuestro propio esfuerzo, sino que es Dios quien ha querido establecer con nosotros esta Alianza. No es una elaboración de hombres sino que es iniciativa divina.

Los Católicos, herederos de la tradición judía e incorporados al Pueblo Santo de Dios, de manera especial; en Jesucristo encontramos la unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento. Es el Señor el que nos ha unido inseparablemente por el Bautismo a su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, y por esta unión nos hace hijos en el Hijo, nos crea hijos adoptivos de Dios, del Padre, a quien nuestra oración siempre tiende y es “en nombre de Jesús” que vivimos y rogamos al Padre.

La oración es un esfuerzo especial por entrar en relación con Dios, la vida de Jesús esta llena de momentos de oración: se aparta de las multitudes y ruega al Padre, establece con el Padre un diálogo que lleva a los discípulos a pedirle: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). La oración que Cristo enseña a sus discípulos, y constituye la oración por excelencia es el Padrenuestro, en donde se expresa una síntesis extraordinaria de lo que hay que pedir siempre. Es también una necesidad y una obligación de todos los que profesan a Cristo como su Señor, poner siempre delante del Señor las necesidades de quienes estamos unidos en Jesús “oren unos por otros”(St 5, 16).

Hay un testimonio de la oración de Jesús que conmueve y motiva a continuar orando con Jesús “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (Jn17, 21). Este deseo expresando en la oración de Jesús debe continuarse en nuestra plegaria, pero también debe ocupar nuestra oración.

No existe una disyuntiva entre oración y acción, es decir, no hay que elegir entre una y otra, sino que la oración siempre está vinculada a la acción, es por la oración que encontramos fuerza para poder vivir como Jesús nos ha enseñado, para que como Él que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos” (Hch10, 38) podamos descubrirnos como don para los demás.

Todas las formas de oración buscan este fin: unirnos con Dios y permitirle formar en nuestro corazón uno semejante al suyo. La oración siempre acompaña la vida del creyente y es un alimento que fortalece nuestra fe. De manera especial, la oración con la Sagrada Escritura tiene una relevancia en nuestras formas de oración, pues es su Palabra que nos impulsa y nos da el ejemplo, nos habla al corazón y poco a poco, nos va haciendo semejantes a Cristo.

CARLOS F. AMADOR Treviño Díaz
2° de Teología  

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