La oración de Jesús

Seguramente has escuchado en varias ocasiones que la oración es un elemento primordial de todo hombre religioso y de todo cristiano, pero alguna vez, has tenido la ocasión de haber escuchado la pregunta de: ¿cómo oraba Jesús?, ¿cómo aprendió a orar? Jesús, el Verbo Encarnado, siendo Hijo de la Virgen María, aprendió a orar con un corazón de hombre (cf. CIC 2599).

Sólo imagina la manera en que María, su Madre le enseñó algunas fórmulas de oración (cf. CIC 2599) tal y como a muchos de nosotros posiblemente nuestra madre, nuestro padre, nuestra abuelita o algún otro familiar nos enseñó de pequeños a realizar el signo de la Cruz y aprendernos de memoria la oración del Padre Nuestro o del Ave María.

No pasemos por desapercibido que Jesús también aprendió de las palabras y de los ritmos de la oración de su pueblo (cf. CIC 2599), de igual manera que nosotros aprendemos a orar dentro de una cultura específica, es decir, aprendemos a orar bajo ciertas condiciones: tradiciones, ritos sagrados, lugares, objetos, devoción, idioma, etc.

Ahora bien, la oración de Jesús también surge de otra fuente secreta, la cual se va dejando vislumbrar cuando Jesús tenía 12 de edad: “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49) (cf. CIC 2599)       

Lo anterior nos muestra la novedad de la oración de Jesús: “La oración filial”. Esta oración querida y esperada por el Padre de sus hijos por fin es realizada por el propio Hijo Único desde su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos. (cf. CIC 2599)

Jesús nos invita a orar con una actitud filial, es decir, con la confianza de sentirnos amados por nuestro Padre y que está atento a la voz de su hijo. ¿Cuántas veces realmente hacemos oración con la seguridad de sentirnos amados por nuestro Padre? Pudiera parecer absurda esta pregunta porque seguramente estamos tan habituados a dirigirnos a Dios como Padre, ejemplo de ello, es cada vez que rezamos el Padre Nuestro, pero ¿qué tan realmente somos conscientes de ser hijos de Dios?

Cada vez que cometemos un pecado o que fallamos a la confianza de Dios, se corre el peligro latente de caer en la tentación de la indignidad de sentirnos hijos de Dios, en otras palabras, se cae en la tentación de sentirnos alejados del amor de Dios. La herida del pecado puede ocasionar en el corazón del hombre la perdida de la esperanza, la perdida de la fe en que Dios está con él.
Jesús nos enseña precisamente a no perder la conciencia de que somos hijos de Dios, y siendo hijos de Dios, debemos dirigirnos a Dios como nuestro Padre que siempre está atento por el bienestar de sus hijos.

La oración del Verbo Encarnado recoge precisamente todas las angustias, todas las suplicas y las intercesiones de la humanidad (cf. CIC 2606). Jesús no es indiferente a la realidad que el mismo vive, al contrario, asume la realidad de su pueblo para hacer oración. Hoy nuevamente necesitamos contemplar a Jesús, el Maestro de oración por excelencia, clavado en la Cruz, y que surja en nosotros el mismo deseo de orar como lo hicieron aquellos discípulos que fueron cautivados por la oración de su Maestro Jesús.

VÁZQUEZ BORJA Alejandro
Seminarista de 4° Teología   

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