La castidad en la vocación a la santidad

En esta primera parte expondré cómo en la vocación a la santidad bajo el llamado especial al matrimonio, se puede vivir rectamente la castidad y así servirnos de lo que Dios nos ofrece para acercarnos a Él y no usarlo para alejarnos. Empecemos diciendo que la castidad es “la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual"

Con esto podremos entender, aunque por la extensión del artículo limitadamente, las cuatro características del amor conyugal expuestas en Humane Vitae, relacionarlas con el sumo amor en la cruz y finalmente captar así la vivencia plena de la castidad. La primera característica es un amor humano, esto es, libre, así como Jesús libremente ofreció su vida por nosotros, nadie fuerza a los cónyuges a entrar en compromiso; el amor sólo se entiende libremente.

La segunda característica es un amor total, Jesús en la cruz no escatimó ni sola gota de sangre por nosotros, se entregó desnudo hasta el final. Así pues, en el recinto matrimonial, el hombre refleja en su cuerpo su mismo estado de alma, de entrega, ni siquiera restringiéndose en su posible paternidad.

La tercera característica es la fertilidad, esto es, “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe” (1 Corintios 15:14). En el matrimonio, la apertura a la vida en el acto sexual permite que el fin último, expresar el amor de Cristo resucitado, se pueda lograr según medios adecuados como lo es el placer. En el uso del anticonceptivo, el fin último se convierte en lo que fue el medio, o sea, el placer. El medio, entonces, termina siendo el cónyuge y no entra la posibilidad de, por gracia de Dios, hacer “encarnar” el amor.

La cuarta refleja cómo Jesús es la cúspide de la fidelidad del amor de Dios. Entre las caídas del Pueblo Israel con dioses falsos, desconfianzas y demás ultrajes, Jesús establece la Nueva Alianza, nos ofrece la salvación. Así en el matrimonio, la fidelidad no sólo es carnal sino espiritual, “Tened todos en gran honor el matrimonio, y que el lecho conyugal sea inmaculado” (Hebreos, 13: 4).

Entonces, entendemos la vivencia plena de la castidad en el reflejo del amor de Cristo puntualmente en el matrimonio.

Jorge Manuel Arredondo Sevilla
2do de discipular (filosofía)

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