Sé que el que me ha llamado nunca se ha de alejar

Nací en el seno de una familia católica practicante, por lo que desde pequeño asistía a la Misa dominical en mi comunidad de origen. Como era muy pequeño, y además muy travieso, no lograba permanecer tranquilo durante la Celebración, pero en el momento de la consagración solía guardar silencio y mirar hacia el Altar. No comprendía lo que sucedía pero aquel instante me llenaba de profundo respeto.

A la edad de 7 años entré a un grupo parroquial llamado Legión de María en donde rezábamos el rosario, platicábamos sobre temas de fe y compartíamos la alegría de sentirnos amados por Dios. La cercanía que desde aquella edad logré entablar con la Santísima Virgen me ayudó para descubrir y responder al llamado que del Señor sentía ya desde entonces, aunque era muy pequeño como para comprender lo que significa ser sacerdote. En casa siempre los definían como  hombres muy cultos, cercanos a Dios y a los hombres, y esto realmente me motivaba internamente. Con el paso de los años aquella inquietud por el sacerdocio fue creciendo y solía expresarla a mi familia pero no lo tomaban muy en serio, tal vez porque aún era un niño.

Llegó el tiempo de ingresar a la secundaria y parecía que los temas de fe dejaban de importarme. Curiosamente, en esta época fue cuando sentí con mayor fuerza la inquietud vocacional. Era momento de elegir preparatoria con miras a la Universidad, y yo me sentía confundido. Recuerdo que en un momento de oración frente al Santísimo sentí paz y alegría interior indescriptibles; allí confirmé que el Señor me llamaba y yo ya no podía ignorarlo, quería entregarle mi vida para siempre a través del servicio a mis hermanos, quería ser instrumento de su gracia. No obstante, no sabía qué se requería para ser sacerdote.

Finalmente, hablé con mis padres, no sin cierto miedo, para externarles aquella inquietud que desde muchos años antes había experimentado y de la cual ya les había hablado pero jamás con tanta firmeza y determinación como en esa ocasión. Mis papás en un principio no me apoyaron pues pensaban que era una idea pasajera, pero al mirar mi insistencia resolvieron hablar con el capellán de mi comunidad quien me entrevistó y posteriormente me llevó al Seminario Conciliar de México, al cual ingresé en agosto de 2010 a la etapa de preparatoria. Allí encontré a jóvenes que compartían la misma inquietud vocacional y que hicieron sentirme, por primera vez, comprendido; en ellos he hallado el tesoro de la amistad.

Ahora, después de ocho años de formación, me siento lleno de esperanza en que el Señor seguirá haciendo su obra de formación en mí persona para bien de nuestra Iglesia y para gloria de su nombre. Reconozco que no ha sido un camino fácil pero nunca me he sentido solo, pues cuento con el apoyo de mi familia, con las oraciones y palabras de ánimo de tantos fieles y, sobre todo, sé que el que me ha llamado nunca se ha de alejar.

Jaime Antonio Coria Carrillo
2do de Configuración (Teología)

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