El llamado

“No me han elegido ustedes a mí, soy yo quien os ha elegido” (Jn. 15,16).  Lo primero y fundamental que se requiere para hablar de la vocación sacerdotal, es la claridad para saber que Cristo es el que llama. No se trata de una decisión personal motivada por un deseo, es, más bien, la respuesta a una invitación que se experimenta de múltiples maneras.

El sentirse llamado a entregar la vida a Cristo, suele comenzar como un susurro, es la sensación surgida: de una palabra, de un testimonio, de un retiro, de una sensación de vacío interior, del deseo de ayudar a las personas… múltiples circunstancias que empiezan a hacer surgir en el corazón la idea: ¿porqué no ser sacerdote?... ¿y si me hago sacerdote?

La invitación va creciendo con el tiempo, de susurro se convierte en un interrogante que comienza a invadir mi interior.

Cristo siempre ha llamado a personas para que colaboren en la misión: por ejemplo a los 12 Apóstoles (Lc 6, 13-16), a San Pablo, también podemos corroborar que a lo largo de la historia, hombres y mujeres han experimentado la imperiosa necesidad de entregar la vida al servicio de la mayor de las causas: Cristo.

El llamado sobrepasa las propias cualidades o capacidades, llama a los que quiere (Mc 3,13). La labor del que experimenta aquel susurro, interrogante u invitación, es discernir los signos, descubrir qué es lo que el maestro pide y el lugar donde mejor se puede responder. El camino es largo, pero la historia está llena de hombres que han decidido responder con generosidad y entrega.

En definitiva, el llamado no es la conclusión lógica de una reflexión, sino la experiencia de un Dios que invita a ser pregonero de la Buena Noticia.

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