Dimensiones

La formación sacerdotal es una de las tareas más delicadas dentro de la Iglesia. Requiere de mucha atención y sobretodo de una gran disponibilidad del joven que ha querido responder al llamado de Jesucristo, pues en los años de formación, lo que se persigue es, sobre todo, que se plasme un corazón sacerdotal a la medida del de Jesús, tarea que como se puede deducir, no es sencilla. Si consideramos que el ser humano, en este caso el varón, es una persona constituida por distintas dimensiones, podremos entender que los años del seminario deberán estar puestos al servicio del hacer nacer a un hombre de Dios.

Se trata de un periodo de gestación, cuyos principales protagonistas son el Espíritu Santo y el candidato. Y donde a través de distintos medios se va nutriendo a quien, algún día, llegará a ser sacerdote, es decir,  un hombre de Dios que anuncia la verdad de Jesucristo desde la Iglesia al servicio de todos los hombres, haciendo las veces de Cristo Cabeza y Pastor, anunciando la Palabra, administrando los Sacramentos y amando a los demás. La formación sacerdotal entonces tiene que potenciar distintas dimensiones en el  joven para que cuando llegue el tiempo de recibir, por la imposición de las manos del obispo, la ordenación sacerdotal, su naturaleza humana, espiritual, intelectual y apostólica esté dispuesta para tan importante, hermosa tarea pero desafiante tarea.

Dimensión humana

Dimensión humana

El sacerdote no es un ser de otro mundo. Las vocaciones sacerdotales surgen de las  familias cristianas que habitan en nuestra ciudad. La dimensión humana de la formación sacerdotal busca que el joven que quiere responder al Señor crezca en libertad y madurez a tal grado que llegue a ser una persona equilibrada afectivamente, con un sano juicio de su realidad personal, capaz de asumir su historia personal y de vivir una sexualidad madura desde su llamada al celibato. No se trata de ningún modo de crear personas solitarias e infelices, sino todo lo contrario. Lo que más se persigue es que el candidato al sacerdocio sea ante todo un hombre maduro y feliz, capaz de establecer relaciones interpersonales sanas, de tener amistades profundas y de conocer a fondo el misterio de hombre a la luz de Jesucristo Dios y hombre verdadero. Los medios que brinda el seminario son diversos y muy variados, pero entre ellos destacan el acompañamiento personal que cada seminarista tiene por parte de un sacerdote asesor, la vida comunitaria que va ayudando al candidato a descubrirse en sus defectos y virtudes, la disciplina, la presencia del equipo formador de sacerdotes, pero sobre todo la disponibilidad del joven para abrirse a un continuo proceso de crecimiento personal que requiere de sinceridad, perseverancia, fortaleza y constancia.

Dimensión espiritual

Dimensión espiritual

Sin olvidar jamás que la formación de los futuros sacerdotes es una realidad integral que reconoce y potencia el desarrollo armónico de las dimensiones humana, espiritual, académica y apostólica, en la persona de los seminaristas, puede decirse que la formación espiritual constituye el centro dinámico y el principio interior que anima y orienta toda la formación sacerdotal, pues “unifica todas las otras dimensiones de la formación del seminarista […] en un proceso simultáneo de maduración en la fe y en la vocación sacerdotal”.

Con la profunda conciencia de que la vocación sacerdotal es una forma específica de vivir y responder a la vocación bautismal y al llamado universal a la santidad, comunes a todo el pueblo de Dios, la formación espiritual en el SCM busca motivar, dinamizar y acompañar, sobre el cimiento de una personalidad integrada y sólida de los futuros sacerdotes, su respuesta libre al llamado recibido de Dios, a fin de que, abriéndose a la gracia y a la acción del Espíritu Santo, alcancen paulatinamente una auténtica transformación de todas sus facultades (el corazón, la mente y la voluntad) y una “nueva forma”, no sólo de actuar, sino de “ser”; una “nueva identidad”,  que los lleve a pensar, sentir, juzgar, desear y actuar como Jesucristo, Sacerdote, Cabeza, Esposo y Pastor.

Esta transformación interior, la cual unifica toda la vida bajo la luz de la caridad pastoral y que implica también la asunción del celibato sacerdotal como don de sí mismo por amor, debe brotar de la relación personal del futuro sacerdote con la Santísima Trinidad, y estar orientada a vivir un proyecto de santidad que tenga como ejes el amor a Cristo y a su Iglesia.

Siguiendo las orientaciones y disposiciones del Magisterio universal de la Iglesia sobre la formación espiritual en los seminarios, el SCM ha ido consolidando, a lo largo de los años, como fruto de una ardua reflexión de varias generaciones de formadores, un proyecto de formación espiritual por etapas y por grados, el cual contempla líneas y puntos neurálgicos de atención, así como medios de crecimiento y acompañamiento, tanto a nivel comunitario como a nivel personal.
Lógicamente, toda la formación espiritual en el SCM recibe soporte y alimento de la escucha y meditación de la Palabra de Dios, de la participación en la Eucaristía y en la Liturgia de las Horas, de la vivencia del sacramento de la Penitencia, de la oración, del silencio, de la ascesis, del discernimiento continuo de la voluntad de Dios, de la devoción a la Santísima Virgen María y de la dirección espiritual, medios por excelencia de crecimiento espiritual y canales de gracia que, a lo largo del itinerario formativo en el seminario, se proponen para ser valorados, vividos y asumidos por los candidatos al sacerdocio desde su interior más profundo, en su proceso de identificación y de configuración con Cristo buen pastor, que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (Cf. Mt 10,45).

Pbro. Lic.  Luis Manuel Pérez Raygoza
Coordinador de la dimensión espiritual en el SCM

Dimensión intelectual

Dimensión intelectual

El candidato al sacerdocio debe alimentarse de la verdad y anunciar la verdad a los hombres, verdad que de hecho es Cristo mismo. De aquí, la necesidad irrenunciable que el seminarista se adentre a la historia del saber humano, especialmente, a través de la filosofía. Buscando con ello descubrir las interrogantes vitales que todos los hombres se han hecho a lo largo de la historia sobre el mundo, sobre el hombre y sobre Dios. El seminarista debe tener conocimiento profundo de la estructura del hombre y de los males que asechan el mundo actual para poder anunciar con fuerza la verdad sobre el ser humano. Además, en el ambiente relativista en que se encuentra la sociedad actual es más que nunca necesario que el candidato al sacerdocio pueda entrar en diálogo con la sociedad, emitir juicios adecuados sobre los acontecimientos del mundo, para proponer allí la Buena Nueva. Por ello también, durante los años de formación el seminarista debe sumergirse en el vasto mundo de la Teología, es decir, de la ciencia de la fe, buscando tener una concepción unitaria de los dogmas y de toda la doctrina evangélica. Merece especial atención al respecto, el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, del Magisterio Eclesiástico y de la gran Tradición viva de la Iglesia testificada en a través de la Liturgia y de los Santos. Todo ello, deberá animar al candidato para que en su futuro ministerio proclame con solidez y pasión la verdad de la propuesta de Cristo en medio del mundo y en medio de sus distintas realidades.

Dimensión pastoral

Dimensión intelectual

No menos importante es la dimensión que se refiere al conocimiento de las estructuras eclesiales y a los métodos pastorales para el anuncio del Evangelio. En los años de seminario es recomendable que el candidato al sacerdocio entre en contacto con las distintas realidades pastorales de la Iglesia de la Ciudad de México. Por ello, desde los inicios de la formación, el seminarista asiste los fines de semana a una parroquia donde entra en contacto con el Pueblo de Dios al que está llamado a servir. Se trata, por tanto, de desarrollar en el joven el amor por la Iglesia expresado en una donación concreta dentro de un ambiente con un rostro específico. El contacto con las personas, el acompañamiento del párroco y la vivencia comunitaria van siendo medios, a través de los cuales, el candidato al sacerdocio va viviendo en primera persona el significado de la caridad pastoral. También se busca que tenga la conciencia de su llamado intrínseco a ser discípulo y misionero en medio de los desafíos que presenta la urbe.

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