Echar las redes

ADVIENTO Y PASCUA

By 28 enero, 2015 No Comments

Campanas, esferas, árboles. Signos muy propios que preparan el tan esperado tiempo de la navidad. Ya los grandes centros comerciales nos incitan a los preparativos para la gran celebración, y aunque estos dan de manera habitual una visión de alegría generalizada en todas las familias, también es cierto que casi nadie pone especial énfasis en el adviento.

Hace un año, mi familia y yo preparábamos la navidad de ese momento. Puedo contar que tradicionalmente, desde que tengo memoria, nos hemos reunido en casa de mis abuelos. Yo entonces, seminarista de 2° de Teología, animaba a mi familia a preparar la corona de adviento, signo de la espera, signo del tiempo que prepara la venida de aquel hombre –El Señor Jesús– que constantemente ha cambiado mi vida y la de mi familia.

Viene a mi memoria que, para finales del mes de octubre, había noticias importantes de parte de mi tía, para mí y mi familia: “Mamá Yola –mi abuela paterna– está un poco enferma, ¡pide por ella hijo!”, me dijo desesperada. Para la primera semana de adviento la noticia se había agravado: ¡posiblemente es cáncer, esperemos la confirmación! Ciertamente esto puso de inmediato en mi mente que la navidad próxima sería diferente. Resonaba en mi mente las palabras de mi tía: “Esperemos”. ¿Qué esperar cuando uno de los pilares de la familia se ve cargado con la cruz de la enfermedad? ¿Cómo celebrar la próxima navidad? ¿Por qué en el momento previo – el adviento– a la gran fiesta del amor encarnado sucede esto? ¿Cómo vivir el adviento con esta noticia?  Recuerdo que días después leí una frase que me impacto y que daba claridad al momento de oscuridad que atravesaba mi familia: «Tal vez, el Adviento pueda tornarse también y de manera especial una medicina para el alma, una medicina que haga más llevadera la forzada inactividad y el dolor de la enfermedad y que hasta sea capaz de ayudar a descubrir la gracia que puede anidar silenciosamente en la condición de enfermo» (Joseph Ratzinger).

En efecto, en ese momento descubrí que la visita de ese año tendría un talante diferente. Dios, como en la Sagrada Escritura, se nos ha adelantado, está en medio de nosotros, nos ha visitado. Cuestionarnos sobre la enfermedad en ese momento solo desviaría la mirada del proyecto de Dios que da inicio en el pesebre que se pasa por la cruz hasta la gloria de la Resurrección.  Y me cuestionaba: si tenía que ser de esta manera por la cruz, mi familia y en especial mi abuela tenía que contemplar el misterio de Dios.  La respuesta era evidente, sí. Así comprendí que el Adviento y Pascua quedan unidos por el vínculo del profundo Amor con el que Dios nos ha amado, la entrega generosa de su Hijo. Pero, ¿Qué es lo que Dios le habría de mostrar a mi familia?, la respuesta fue sencilla: Mi Amor.

Si el adviento es por excelencia el tiempo de la espera, de vigilancia –Gregorein–;   este se convierte en tiempo privilegiado para recordar que «el Señor está presente: esta certeza cristiana debería ayudarnos a mirar el mundo con otros ojos y a aprender y a entender las cosas dolorosas que nos suceden como visita, como un modo en el que él viene a nosotros, como un modo en el que puede acercársenos».

Quisiera pedir a todos los nuestros familiares, amigos y bienhechores que pasan por el duro momento de la enfermedad, que no olviden que el Señor Jesús viene a visitarlos y a consolarlos, y que puedas mirar la esperanza en la gruta de Belén. Que esta esperanza haga que no se eclipse el sol que nace de lo alto, para que, como mi familia y yo, frente a la enfermedad de mi abuela podamos decir: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»
Recordando siempre el amor que se nos ha manifestado en Cristo, Jesús.