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Ciclos que se cierran, ciclos que se abren

By 27 agosto, 2020 No Comments

Ciclos que se cierran, ciclos que se abren

 

Hace ya casi 10 años que inicié este camino con mi comunidad religiosa, y todavía, cerrando los ojos, puedo contemplar cada uno de los detalles de ese domingo 8 de agosto en que mi familia me entregó a Dios. El corazón latía acelerado con emoción por la ilusión y los sueños de un nuevo horizonte que se abría ante mis ojos, un sueño y un llamado, un ansia de responder. El tiempo corrió con velocidad y hoy, mientras escribo estas líneas, me encuentro a punto de concluir mis estudios teológicos, a unas cuantas semanas, si Dios quiere, de recibir la gracia de la ordenación diaconal.

 

Es inevitable en estas circunstancias, echar una ojeada al pasado y contemplar mi propio corazón a la luz de este sendero recorrido. ¿Quién soy después de todo este tiempo? ¿Han sido solo 10 años de acumular conocimientos? ¿Qué ha cambiado dentro de mí?

 

Definitivamente no soy el mismo. Ciertamente muchos conocimientos han llenado mi mente y mi corazón, haciendo que mire el mundo y mis circunstancias de manera distinta; sin embargo, no son los conocimientos lo esencial. Los diferentes apostolados a los que he sido enviado sin duda alguna también han dejado su huella; tantos rostros, tantas miradas, tantas historias de las que uno termina siendo solamente un espectador asombrado. El tiempo y el caminar hacen que se acumulen cicatrices y se descubran otras que quizá ya llevaban años ahí, pero a la luz de la cruz de Cristo no queda más que agradecer por dichas marcas, porque nos recuerdan que estamos vivos y que hubo alguien que compartió las mismas heridas y muchas más, y las llenó de vida. Los ojos miran de manera distinta y el corazón al menos intuye de manera más cercana que sus fuerzas no bastan, que son necesarias las de Dios, y que sin el auxilio de la oración y los sacramentos es muy poco el tiempo que puede mantenerse a flote.

 

Se cierra un ciclo, la formación inicial, los estudios filosóficos y teológicos; cuya línea de término parecía tan lejana en un inicio, hoy se encuentra a solo unos pasos de distancia y ante mis ojos se abre un nuevo horizonte. Ciertamente la emoción y la ilusión llenan el corazón. El anhelo de servir a Dios y a los hombres a los que él tanto quiere hace que parezcan largas las semanas que quedan; y no es menor el impacto, el estupor y un cierto miedo que despierta en mi interior el don de recibir las sagradas órdenes. Si de algo puedo estar seguro tras estos 10 años, es de mi fragilidad y pequeñez. Por eso te suplico, amable lector, que has llegado hasta aquí, que hagas una oración por mí y por todos mis hermanos que hemos de ser ordenados, así como por aquellos que van empezando. Que la Virgen María nos sostenga y nos muestre el camino de la fidelidad. Ten por seguro que, aunque no nos conozcamos, también yo oraré por ti. ¡Viva Cristo Rey!

 

Bernardo Valle Rodríguez

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