Echar las redes

CUANDO MIRAS AL SACERDOTE, CONTEMPLAS EL ROSTRO DE CRISTO

By 1 septiembre, 2016 No Comments

Dios elige, llegando al corazón y al alma, haciéndonos sus testigos, consuelo de Cristo mismo.

Fue su presencia, ánimo, calidez, buen humor, su consagración, un hombre que volcó todo su ser al sacerdocio, viviendo plenamente en el servicio, la verdad y el amor. De cariño familiar le decían “Padre Beto”, de corazón y testimonio, le he dicho siempre, mi Padre…

Soy Carlos Crispín, un joven de 29 años, llamado al sacerdocio desde pequeño, a mis 6 años, y días después de recibir la Primera Comunión. Lo recuerdo sentado a la mesa, compartiendo anécdotas alegremente, y yo, viéndolo… Cuando de pronto, su mirada se fijó mí y me preguntó –Carlos, ¿quieres ayudarme? –¿yo? ¿A qué?– Pensé para mí; quien imaginaría que esa pregunta cambiaría todo… –Tú ven y lo verás–, fue lo único que me dijo…

Ahí inició todo, un acompañamiento en la fe y en la cotidianidad de vivir, la invitación para ser monaguillo fue algo más que trascendente. Compartir la vida, ser testigo del sacrificio y entrega de un hombre común por los que más necesitan. Creyendo que sólo sería estar en la iglesia y rezar, fue y ha sido, el saber remangarme la camisa, haciendo cosas por los demás, acompañar el celebrar y servir. Participar de la alegría en las familias por un Bautismo o boda, así como en el dolor, la enfermedad, la muerte. Saber de la importancia del trabajo y el orden. Él me decía _Si mañana, Dios te llama, que estas manos, tus manos, sean dignas para consagrar, para tomar la escoba, la pala, lo necesario para ayudar a los demás–. Fui testigo, desde mi infancia y adolescencia, del llamado extraordinario al sacerdocio.

Mi itinerario era singular, de la casa a la escuela, de la escuela a la iglesia, y si mi madre iba por mí, de regreso a casa, la iglesia fue y ha sido mi segundo hogar. Providencial presencia del “padre Beto”, un padre para mí. Falleció cuando era yo adolescente, momento donde miré profundamente su vida, testimonio y entrega, sí al sacerdote, pero en él al rostro mismo de Cristo. Decidiéndome, él ha sido un padre para mí, ¿por qué no podría ser yo un padre para los demás?

Terminé el bachillerato entrando al Seminario en 2005, una gran prueba; en casa lo aceptaban pero se resistían, y yo, dándome cuenta de la exigencia, siempre lo pensaba; fue el singular acompañamiento de sacerdotes que hicieron visible el rostro de Cristo; mi admiración y cariño a ellos. Terminé tercero de Teología y viví un tiempo de confrontación, estudiando Psicología. No cabe duda que aun cuando decidí algo fuera del seminario, el Señor llama. Esto me acercó a la realidad del ser humano y sus carencias, fortaleciendo el llamado; Dios elige, llegando al corazón y al alma, haciéndonos sus testigos, consuelo de Cristo mismo.

Tiempo después regresé al Seminario, decidido a entregarme a los demás, ser presencia misma de Cristo, don y misterio, ofrendando mi vida para que otros tengan vida. Vale la pena en ser sacerdote, pues cuando miras al sacerdote, contemplas al rostro mismo de Cristo.

Fuente: SIAME