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EL DON DE LA VOCACIÓN - El seminario
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EL DON DE LA VOCACIÓN

By 21 julio, 2015 No Comments

Hoy en día mucha gente sufre innecesariamente, inútilmente, por que ha olvidado algo y ha perdido algo tan sencillo como lo es el sentido de ubicación. ¿Cuántos sufrimientos y fatigas nos ahorraríamos si nos ubicáramos en el lugar que Dios tiene para nosotros y que nos a dado dentro de su Iglesia?

En el capitulo 3 del evangelio de San Juan después de la narración de la conversación que mantuvo Nicodemo con el Maestro, el evangelista nos narra el tercer testimonio que da Juan el Bautista a favor de Jesús. El Bautista lo presenta como el esposo y él sólo se considera como amigo del esposo, pero no como dueño de la esposa (Jn 3,  22-30). Con esto deja en claro que Cristo es el Mesías y no él, además deja de manifiesto que su misión sólo tiene sentido en relación a la de Cristo, pues anteriormente ya se había auto-definido como la voz que clama en desierto, la voz, pero no el Verbo (Jn 1, 19-23). He aquí la importancia de nunca perder el piso en nuestra vida, ni perder de vista nuestra misión en la Iglesia como bautizados. Hoy en día mucha gente sufre innecesariamente, inútilmente, por que ha olvidado algo y ha perdido algo tan sencillo como lo es el sentido de ubicación. ¿Cuántos sufrimientos y fatigas nos ahorraríamos si nos ubicáramos en el lugar que Dios tiene para nosotros y que nos a dado dentro de su Iglesia?

No debe el hombre tomarse nada si no le fuere dado del cielo (Jn 3, 27). Esta afirmación confirma lo que he dicho anteriormente y nos sirve para entender que la vocación es un don de Dios, que dentro de su Iglesia llama a ciertas personas, para una misión específica. El ser seminarista es un llamado que recibimos con miras al Sacerdocio ministerial. Por tanto uno como seminarista no es dueños de la vocación, sino simplemente administrador de un medio para servir en la iglesia y no para servirse de la Iglesia. El Bautista bien pudo responder a sus discípulos con una respuesta opuesta a la que dio, pero hizo todo lo contrario con toda humildad contesto diciendo: es preciso que él crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30).

La Iglesia seria otra si los que estamos dentro de ella tuviéramos los mismos sentimientos y la recta intención que el Bautista. El Seminario sería otro si nosotros como seminaristas nos dedicáramos con constancia a disminuir y dejar que Cristo cada día crezca más en nuestro interior. El gran problema es que nos sentimos dueños de la Iglesia y no amigos o servidores de aquél que nos ha llamado. Me ha tocado escuchar a laicos que se quejan de sus sacerdotes y de los seminaristas, sin embargo estos que se quejan en ocasiones son los que ni un dedo mueven para cambiar la realidad de la Iglesia, se conforman solo con criticar. Pero, ¿de dónde sale el seminarista y el sacerdote? De una familia, de una realidad concreta; el seminario no comienza en el curso introductorio o en la preparatoria, sino en la familia. La familia es el primer seminario. Por eso el deber de las familias es educar a sus hijos en valores, en la fe y en el amor a Dios y al prójimo. Decía san Agustín: si hay buenas ovejas habrá buenos pastores.

Como dijo el Papa Emérito Benedicto XVI en Deus Caritas EstNo se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. De la misma forma la vocación no se tiene porque se me ocurrió o me dijeron vete al seminario, sino porque Cristo me llamo. Si no hemos sido llamados por Cristo al Sacerdocio, nos hemos perdido en el Seminario, pues el seminario no es refugio para aquellos que no saben que hacer con su vida, sino al contrario, para aquellos que han sido llamados a dar su vida a configurarse con el Maestro y ser sus testigos en el mundo.