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EL LLAMADO SUELE SER DE DIFERENTES MANERAS

By 13 enero, 2017 No Comments

El llamado que Dios hace a algunas personas para servirlo en calidad de sacerdotes, puede ser de muchas maneras.

Soy Ignacio Alberto Damián Magaña; nací el 17 de mayo de 1994 en la Ciudad de México, actualmente tengo 22 años y estoy estudiando el primer año de Filosofía en el Seminario Conciliar de México. Soy el hijo mayor de Heriberto Fidel y Edith Magaña Mendoza.

El llamado que Dios hace a algunas personas para servirlo en calidad de sacerdotes, puede ser de muchas maneras. El mío empezó cuando me encontraba en el grupo de monaguillos de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Evangelizadora de América, mejor conocida como “La Lupita” del Cerro del Judío. Tenía entonces aproximadamente diez años de edad. Por aquella época, como monaguillo, asistía los sábados y domingos a todas las celebraciones que podía. Llegó un momento en que los fines de semana no estaba con mi familia, pues me la pasaba en la iglesia. Cuando le expresé al seminarista que estaba a cargo del grupo de monaguillos que tenía ganas de prepararme para ser sacerdote, me dijo que tenía que hablarlo con mi párroco, quien a su vez me explicó que debía terminar la secundaria para poder ingresar al seminario en la etapa de la preparatoria. Cuando el sacerdote me dijo eso, quedé muy desilusionado y me dediqué a estudiar.

Tiempo después participé en un grupo de adolescentes en la misma parroquia, y acudía a las misiones de Semana Santa. En una ocasión, para sorpresa mía, me pidieron ir como coordinador a una comunidad, aunque sinceramente no me sentía capaz de ello. Antes de iniciar la experiencia, ya cerca de las localidades de destino, el párroco mencionó que algunas de estas comunidades iban a recibir a Cristo-Eucaristía y los coordinadores iban a ser los encargados de llevarlo. Yo estaba rezando para que a mi comunidad no le tocara, pues no me sentía preparado para llevarlo. Pero ocurrió que el párroco nombró la comunidad del Olivo, a la cual yo me dirigía, por lo que tuve que asumir esa gran responsabilidad: entré a la comunidad muy preocupado, nervioso, pero también muy alegre de llevarles a nuestro Señor.

Gracias a esos diferentes momentos en que sentí el llamado del Señor para seguirlo, es que a mis 21 años –justo cuando me encontraba estudiando Medicina Veterinaria y Zootecnia– decidí presentarme ante mi párroco para hacerle mención de mi inquietud por servir a nuestro Señor Jesucristo en el sacerdocio ministerial.

El párroco me comentó que lo iba a hablar con el Promotor Vocacional, y éste, a su vez, me dijo que debía terminar la carrera y después platicaríamos sobre mi entrada al seminario. Una vez más decidí olvidarlo todo y continuar con mi vida de estudiante.

Pero un día, sin esperarlo, mi párroco me dio la noticia de que el Promotor Vocacional me esperaba para ver todo el proceso que tenía que llevar para entrar al seminario; esto me causó una gran alegría y empecé mi camino en la formación sacerdotal, en la cual me encuentro y de la cual doy gracias a Dios por haberse fijado mí, a pesar de todos los defectos que tengo. Que Dios los bendiga y los cuide, me encomiendo a sus oraciones.

Fuente: SIAME