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LA PASCUA: VIVIR Y HACER VIVIR DE LA VIDA MISMA DE CRISTO RESUCITADO - El seminario
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LA PASCUA: VIVIR Y HACER VIVIR DE LA VIDA MISMA DE CRISTO RESUCITADO

By 27 abril, 2017 No Comments

Como familia que somos en toda la Iglesia Universal hemos iniciado el tiempo de Pascua. Hemos recorrido el camino de la Cuaresma que nos preparó para vivir el Triduo Santo y llegar así, en la Vigilia Pascual, a comenzar este tiempo bellísimo que nos manifiesta que el Señor Jesús ha vencido a la muerte y que las semillas de la resurrección ya fluyen por nuestras venas.

Quisiera centrar esta reflexión en tres puntos fundamentales: la Pascua es la misma persona de Cristo que nos comunica su vida y nos invita a hacer lo mismo para con nuestros hermanos, el modelo de la alegría pascual se encuentra en el corazón de la Virgen María y, este mundo que se debate en la contradicción y el dolor pide testigos del resucitado.

La Pascua es la misma persona de Cristo que nos comunica su vida y nos invita a comunicar esta misma vida a nuestros hermanos. Podemos recordar el pasaje del Evangelio según San Juan donde Cristo resucitado se manifiesta a sus apóstoles en el lago de Tiberiades y ahí les tiene preparados unos panes y unos pescados. Nuestro Señor Jesucristo, al ver a sus apóstoles, les pregunta: “Muchachos, ¿han pescado algo?”. Y al recibir la respuesta negativa les pide que arrojen la red a la derecha donde encontrarían peces, como de hecho sucedió. ¡Qué bella manifestación del resucitado! Contempla a los suyos desde la orilla y quiere encontrarse con ellos. Es así como Cristo nos contempla a nosotros desde la eternidad, porque Él ya ha cruzado la frontera de la muerte, y nos asegura que está cercano a nosotros y está al pendiente de nuestros asuntos.

El modelo de la alegría pascual se encuentra en el corazón de la Virgen María. Imaginemos el encuentro entre estos dos corazones: el del más agradecido de los hijos para con la madre más santa. El Señor le diría: “¡Madre!” y ella, como siempre lo hizo desde la Anunciación hasta el Calvario, le diría “¡Aquí estoy Señor!”. En este sublime encuentro, el Señor le haría ver a María Santísima todas las gracias que cada uno de nosotros necesitaría para la salvación y ella recibiría entonces, en su Corazón Inmaculado, el encargo del amor de Cristo que somos cada uno de nosotros. Nuestra vida transcurre entonces bajo la mirada amorosa de María. Caminemos con la misma alegría que ella tuvo al encontrarse con Cristo Resucitado.

Este mundo, que se debate entre la contradicción y el dolor, pide que seamos claros signos de Cristo Resucitado. No podemos ser indiferentes ante tantas situaciones de dolor en nuestra patria y en el mundo entero. En nuestra patria son muchas las personas víctimas de la violencia y de la corrupción e injusticias; se sigue incluso asesinando a los niños concebidos y aún no nacidos. En el mundo constatamos la creciente persecución a muchos hermanos nuestros que son martirizados porque aman y esperan en Jesucristo. Tenemos a Siria, Irak, Nigeria y otros tantos países en los que profesar la fe en Jesucristo implican la persecución y el martirio. Y ¿qué signo de muerte más duro que el que, en estos países, los terroristas sean apoyados por países poderosos de Occidente que buscan adueñarse de las riquezas naturales de estos territorios? Sin dar cabida a la desesperanza y mucho menos al odio, venzamos al odio con el amor y hagamos de nuestra vida un cántico de esperanza basados en la certeza de que Nuestro Señor Jesucristo ha resucitado. En cada Eucaristía Él nos repite: “No tengan miedo, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos”.

Pbro. Adrián Lozano Guajardo

Director Espiritual Adjunto