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LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

By 19 mayo, 2015 No Comments

Es importante trasladarnos al calvario y con el apóstol san Juan y con María Santísima, contemplar cómo es traspasado el Corazón del Salvador.

El Espíritu Santo, a quien confesamos como Señor y Dador de vida, es quien hace posible y eficaz la presencia de Cristo vivo en cada uno de los fieles y en todo el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia. La presencia por in-habitación en cada alma, de cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad, lleva a vivir de la misma vida de Dios, es un dejarse encontrar en el abrazo eterno del Padre y del Hijo que eternamente espira el amor hecho persona en el Espíritu Santo. El mismo Espíritu es quien hace de la Iglesia un verdadero cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, de modo que junto con la dimensión institucional y visible en la Iglesia, dimensión querida por Cristo, se da la dimensión carismática e invisible, la cual, lejos de contraponerse a la estructura jerárquica y visible, le da vida y dinamismo, al modo como el alma vivifica al cuerpo. Es así que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. De hecho, en cada acción sacramental, es el Espíritu el que hace presente y eficaz la gracia de Cristo; en la celebración eucarística, el Espíritu hace presente al mismo Cristo realmente presente en las especies; en cada predicación, el Espíritu toca los corazones para que dirijan sus miradas a Cristo; en cada acción buena, el Espíritu la eleva con el fuego de la caridad sobrenatural para que sea un reflejo del amor y la vida misma del Señor Jesús. En resumen podemos ver que el Espíritu Santo hace que en cada alma sea Cristo quien viva en ella, y hace que la misma Iglesia sea un cuerpo vivo, santo y continuador de la vida y misión de Cristo.

Es importante trasladarnos al calvario y con el apóstol san Juan y con María Santísima, contemplar cómo es traspasado el Corazón del Salvador. Es en este momento de la plenitud de la manifestación del amor, en el que Jesús entrega el Espíritu Santo. Y quien recibe esta efusión es la Iglesia naciente debajo de la cruz; una iglesia pobre y perseguida, formada tan solo por unos cuantos discípulos y algunas mujeres. Aunque pobre y perseguida, es una Iglesia que está de pie en la misma persona de María; recordemos que san Juan dice que María estaba de pie junto a la cruz. Actualmente la Iglesia está siendo perseguida y crucificada; son cada vez más numerosos los países en donde creer en Cristo y profesar la fe es considerado un verdadero delito que lleva a la muerte. Ahí tenemos el testimonio de numerosos mártires, varios de ellos niños y adolecentes, en lugares como Irak, Siria, Pakistán, Nigeria, Egipto, India y tantos otros. También, actualmente la Iglesia es cada vez menos comprendida y casi orillada a reducir su campo de acción a ámbitos cerrados de modo que su voz es acallada cuando ésta se pronuncia a favor del respeto a la vida desde su concepción hasta su muerte natural, o cuando denuncia situaciones que van contra la dignidad de la persona humana como son las diversas formas de explotación y violencia. Es en esta iglesia, que vuelve a encontrarse debajo de la cruz, en la que se derrama el Espíritu Santo para que ella dirija su mirada a Cristo, al que traspasaron y, de este modo, encuentre su fuerza en el amor del crucificado y resucitado.

La Iglesia naciente del costado del Salvador recibe su impulso misionero en el cenáculo, en el que los apóstoles, junto con María, son visitados y fortalecidos por el Espíritu Santo y así comienza su misión. El Espíritu quiere ahora, en este siglo XXI, impulsar a toda la Iglesia en su conjunto, y a cada miembro en particular, a la misión. El mundo debe volver a dirigir su mirada a Cristo y darse cuenta que no hay otro nombre por el cual el hombre pueda encontrar la salvación. Hagamos de nuestra propia alma, de cada familia, de cada parroquia, y de toda la Iglesia, un cenáculo, es decir, hagamos un espacio en el que por la oración y el silencio se pueda recibir el abrazo y la fuerza del Espíritu Santo para la misión. Esta misión consistirá en hacer presente a Cristo y, por lo tanto, dar al mundo las razones para la esperanza y no para la desesperación, para la reconciliación y no para la confrontación, para la verdad y no para el engaño y el doblez, para la pureza y no para la banalización del amor. Valoremos la importancia de orar en familia, para que cada núcleo familiar sea una verdadera iglesia doméstica que hace presente a Cristo al mundo.

Pentecostés es entonces la Solemnidad del Espíritu Santo que vivifica, dinamiza y santifica hoy y siempre a cada persona, a cada familia y a la misma Iglesia. Oremos mucho para que el Espíritu suscite muchas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y que fortalezca siempre a nuestros queridos pastores, al Papa Francisco, a nuestro obispo Norberto y a todos los obispos y sacerdotes del mundo. Y que el Espíritu Santo haga de todos los padres de familia unos verdaderos maestros para sus hijos, y maestros que enseñen la ciencia más importante, a saber, la ciencia del amor a Dios y al prójimo.