Echar las redes

Los sacramentos, “camino a la santidad”

By 9 julio, 2019 No Comments

La Iglesia es la continuadora de la misión de Jesús en la tierra.

Los gestos y los signos concretos que la Iglesia realiza por institución del mismo Jesucristo le permiten efectuar su encomienda con un fin muy concreto: que el hombre se santifique, es decir, que cumpla con lo que Dios le ha preparado desde su creación: ser auténticamente un individuo a imagen y semejanza de Él mismo.

Esto, sin duda, no se trata de un atributo del hombre en sí mismo, sino de un don, un regalo que Dios derrama en el hombre y que ha quedado plasmado en su propio Ser. La vocación del hombre va quedando clara conforme responde a su naturaleza; sin embargo, la naturaleza del hombre no alcanza por sí misma a planificarlo porque ha quedado marcada por la experiencia del pecado original. Hay algo -añadido- que no era parte del deseo de Dios para nosotros, una fractura en nuestro interior que nos aleja de los demás, que nos inclina hacia el egoísmo y que nos nubla la vista; que no nos deja apuntar con claridad hacia nuestra plena libertad.

Pero Dios en su infinita misericordia vuelca su amor inefable para con su creación, haciéndonos seres capaces de manifestar esa misericordia. No le bastó crearnos semejantes a imagen suya, sino que al llegar la plenitud de los tiempos, envió a Jesús, su Hijo y Palabra Eterna, para que hecho hombre alcanzara lo que no podíamos lograr solos: elevó nuestra naturaleza caída haciendo posible la vida espiritual sobrenatural en nosotros a través de los sacramentos, que son signos sensibles de la Gracia de Dios.

Por el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, hijos en el Hijo; se nos inserta en Jesucristo, nos participa así de su vida y pasión, muerte y resurrección, no por mérito propio del hombre, sino como regalo del amor de Dios. Todos los demás sacramentos existen en virtud de vivir más plenamente este don.

Por la Confirmación queda en nosotros el Espíritu Santo y lleva a plenitud sus dones que nos capacitan para el amor. La Eucaristía es el alimento para la vida eterna, es Cristo mismo que se nos da para transformarnos en Él. La Eucaristía es fuente y fin hacia el que tiende nuestro quehacer como Iglesia.

Estos tres sacramentos los llamamos de iniciación cristiana porque nos abren la puerta hacia la vida espiritual y constantemente nos renuevan en el encuentro, haciendo evidente la presencia del resucitado en nosotros y en la Iglesia.
Esta presencia como una categoría, como un lugar de encuentro con Dios a partir de nuestra propia experiencia con Jesús y su plenificación sacramental, nos lleva a manifestar nuestra adhesión a su proyecto de salvación para el género humano por dos sacramentos concretos que la Iglesia ha llamado sacramentos de envío o de misión.

El Orden Sacerdotal, que en sus tres grados confiere una potestad sagrada por la que es posible impartir los sacramentos y conducir al pueblo de Dios hacia la santidad; y el sacramento del Matrimonio, que refleja el amor de Dios para con los hombres, capacitándoles para compartir la vida –siendo una sola carne– y así transmitir el regalo de la existencia. La belleza de este sacramento es tan profunda porque tiene como fundamento el amor; Dios es amor, y quizás por ello resulta tan atacado por los enemigos de Dios. La familia es el centro de la sociedad y debe ser protegida, a ella se llega solo y con los pies descalzos porque es lugar sagrado.

Finalmente, la experiencia del hombre frágil –de barro– pone frente a él el dolor y la enfermedad. El hombre tiene fecha de caducidad, no es para siempre y por ello el sacramento de la Unción de los Enfermos pone de manifiesto que solo confiamos en el Señor y todo lo que hacemos es porque Él nos fortalece. Sin Dios nada podemos, aunque el pecado nos venda ideas de autosuficiencia; somos polvo y al polvo hemos de volver Y aunque ciertamente queremos vivir de cara a Dios, sentimos la fragilidad. Es por ello que Dios dejó a los apóstoles el poder de atar y desatar, y de perdonar así en su nombre nuestra flaqueza, nuestra tibieza y nuestra falta de amor. Así, el sacramento de la Reconciliación permite –siempre que el hombre reconozca su condición creatural, y por tanto falible, y a la vez exponga su deseo de continuar caminando hacia Dios– volver a la Casa del Padre, regresar al estado de gracia, y caminar libremente dejando que Dios sea el centro y criterio de nuestras vidas.

Así, sin temor a equivocarnos, podemos descubrir a través de las enseñanzas de la Iglesia y del deseo de Dios manifestado en toda la Escritura, en especial en los Evangelios, que los sacramentos son el camino para auténticamente vivir nuestra vocación a la santidad en cualquier estado de vida.

Carlos Francisco Amador Treviño Díaz
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