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MARÍA, LA MADRE QUE INTERCEDE POR NOSOTROS ANTE EL HIJO - El seminario
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MARÍA, LA MADRE QUE INTERCEDE POR NOSOTROS ANTE EL HIJO

By 13 mayo, 2015 No Comments

María es una mujer silenciosa, que sabe pasar desapercibida sin grandes protagonismos, pero eso no significa que sea una mujer pasiva o una mujer indiferente. Ni siquiera es una mujer tan espiritual que deje por ello de vivir las pequeñas cosas de cada día.

Había una boda a la que estaba invitados María y Jesús, quien fue con sus discípulos. Una boda judía era una fiesta larga. En algún momento se terminó el vino, eso significaba evidenciar a los novios frente al pueblo y los parientes como un fracaso social. Cualquiera que ha abierto las puertas de su casa, puede imaginar lo incómodo y vergonzoso es que algo pase que termine la fiesta antes de tiempo…

María es una mujer silenciosa, que sabe pasar desapercibida sin grandes protagonismos, pero eso no significa que sea una mujer pasiva o una mujer indiferente. Ni siquiera es una mujer tan espiritual que deje por ello de vivir las pequeñas cosas de cada día como algo importante donde ganarse el Cielo.

Pues bien, ella ve venir el problema, tal vez veía agitación entre los meseros, intuye que se ha perdido el ritmo normal del banquete. Así qué decide apelar al corazón generoso de Jesús con esa absoluta confianza de quién sabe que de El sólo puede salir una respuesta bondadosa. Jesús le responde que no ha llegado su hora. Y es entonces cuando vemos el poder de María. El poder de esta madre que logra ajustar los planes de Dios en favor de los necesitados hombres que torpemente se metieron en un lío. A pesar de que le ha dicho que no es oportuno, ella confía que no dejará a esos pobres novios sin algún tipo de socorro. Así que coopera un poco más, anima a la solución. Y les dice a los contrariados meseros que tal vez no saben qué responder a los invitados que piden vino y el servicio empieza a enredarse, “hagan lo que El os diga”. Y ya sabemos que convierte el agua de las tinajas que se usaban para las abluciones (lavatorios rituales) que eran unas enormes vasijas cavadas en piedras con una capacidad enorme de agua. Ahora sí tienen vino y mucho, y de gran calidad. No sólo ya no quedan en vergüenza sino que hacen una boda espléndida.

Es una gran enseñanza para tantos matrimonios que se encuentran en un callejón sin salida y aparentemente sólo queda el triste remedio del divorcio. Acercarse a la Madre es apelar a su capacidad de obtener de Jesús algo que nosotros no podemos, un nuevo acto creador de Dios. Hacernos nuevos, hacernos un corazón nuevo, puro, más blanco que la nieve. Lo único que se nos pide es un corazón contrito, humilde, que se reconoce necesitado y se rinde ante Dios.

Esta Semana Santa festejamos la locura del amor de Dios. Lo festejamos en familia o saliendo de misiones. No todo mundo puede reunirse para festejar esta gran alegría y compartir experiencias de camino, pero en Espíritu sí que podemos. “Los adoradores que quiere el Padre son en Espíritu y en Verdad”. Es muy consolador poder ir al Templo, es la casa donde habita Dios, pero si por algo no se puede ir, debemos recordar que somos templos del Espíritu Santo por el bautismo.

La Virgen María fue quien vivió esto de manera perfecta y nos enseña a acompañar a su hijo desde el constreñimiento de la casa. Sabemos que María se queda en Nazareth cuando Jesús comienza su vida pública con sus discípulos. Ellos van de pueblo en pueblo para llevar la Buena Nueva, pero María, se queda encargada con sus parientes más cercanos en Nazareth como era la costumbre con las viudas. Sabemos que cuando Jesús pasa por allí, María y sus hermanos (familiares cercanos) lo buscan y piden verlo.

Podemos imaginarnos la soledad que habrá sentido María cuando ya no iba a ver a su hijo que dejaba de vivir con ella. Podemos imaginar lo duro que sería para ella quedarse a vivir con sus parientes, que por muy buenos que fueran, no se puede comparar con el propio hijo y más ese hijo. También podemos imaginarnos lo difícil que sería soportar los chismes de pueblo a los que tendría que hacer frente. Sabemos que cuando pasó Jesús por ese lugar no pudo hacer milagros porque no creían en El, sabían quién era ¿cómo iba a ser el Mesías? Otros pensaban que como era paisano seguro haría más obras milagrosas que en otras partes y sin embargo, les dice que lejos de hacerlas, les recuerda que Elias fue enviado en la sequía a una viuda de Sarepta y Eliseo a curar a Naman el sirio de su lepra. Se enojaron tanto que lo querían despeñar.

El se fue, pero la que se quedó en el pueblo a aguantar las habladurías con humildad fue María. Y aunque de lejos, sin embargo, nadie ha contribuido en la salvación traída por Jesucristo tanto como María. Cuando lo van a buscar para verlo María y los buenos parientes, El dice: “quiénes son mi madre y mis hermanos, los que hacen la voluntad de mi Padre”. No es que desconozca a María o le de un lugar secundario. Todo lo contrario, la ratifica en su primerísimo lugar. Nadie ha hecho mejor la voluntad del Padre que María, pero tiene la bondad de integrar en ese vínculo íntimo a los que le escuchan. Después dirá que quien deje casa, padre, madre y hermanos por El, los recibirá en un céntuplo y la Vida Eterna. Es una invitación a sentirnos íntimos del Señor.

Así que esta Semana Santa desde casa o donde estemos, felices o contrariados, solos o en familia, somos la familia cercana de Jesús y El anda visitando a todos su hijos anunciándoles que el Reino ya está aquí. Podemos acompañarle y a todos los misioneros con nuestras oraciones, si es posible delante del Santísimo, mucho mejor. Podemos ofrecer todos las cruces de cada día de la mano de María. imitando su manera de estar junto a Jesús. Podemos ser piedras de edificación de su Reino desde nuestros hogares que son Iglesias domésticas, en vez de ser piedras de tropiezo para los hermanos. Podemos vivir el perdón de una manera profunda en la que nos reconocemos miserables, necesitados de perdón y por lo mismo no tenemos derecho a negárselo a nadie. La justicia se la podemos dejar a El, que es lento en la ira, que imparta justicia cuando considere que ya se acabó el tiempo de la Misericordia. Mientras tanto unirnos a su corazón que todavía quiere dar tiempo para arrepentirse de tal forma que su pasión y muerte consigan todos los frutos posibles y no se desperdicie en nadie Su sacrificio.

María es la mujer que ora, que siempre va acompañando a Jesús en su corazón, que busca hacer con sencillez y confianza todo lo que puede para que todos amén a su Hijo.

La Iglesia depende del tesoro que guardan las personas enfermas y que sufren. Su sacrificio es, unido al de Cristo, inestimable. Toma un valor redentor e infinito asociado al de Cristo. Por decirlo así, tu sufrimiento es patrimonio común de la Iglesia porque por el bautismo somos un sólo cuerpo en el Señor. El sufrimiento en la mujer tiene una particularidad redentora. A ella se le confió la vida, no sólo la vida física, sino la vida espiritual. La mujer tiene por su sensibilidad dada para cuidar con detalle al ser humano, mucha más capacidad de sufrir. Su sufrimiento es expresión del valor que está en peligro, sin el cual el mundo se deshumanizaría. Es importante en este tiempo de conversión, revalorar el don de poder sufrir para reparar, para sostener a otros, para no deshumanizarse. El verdadero drama del sufrimiento no está en el dolor, sino en el sinsentido.

Hemos visto muchas imágenes de Nuestra Señora llorando por los pecados de los hombres que crucifican una y otra vez a su amado Hijo. Sus lágrimas nos intentan conmover a volver el corazón de carne y no de piedra a fin de que el mundo se salve.

Pedimos a Cristo crucificado, de donde se aprenden todas las virtudes, y a María Santísima que acompañó constantemente a Jesús en su misión, a veces desde el Espíritu, otras veces caminando juntó a El en el Calvario hasta la Cruz, nos enseñe a ser fieles a la Voluntad del Padre para gozar de la máxima intimidad con su Hijo.