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MI CORAZÓN LATÍA FRENTE A UN CUADRO DE MI BISABUELA

By 8 octubre, 2016 No Comments

Mi bisabuela solía hablarme de Dios de un modo que yo entendiera. En su habitación había un cuadro de un señor barbado con un corazón ceñido de una corona de espinas en el pecho, ante él, siempre llameaba una veladora que para mí representaba como si ese corazón latiera, como si alguien vivo estuviera allí.

¡Hola!, mi nombre es Alejandro Rojas Godínez, tengo 22 años, soy originario de la Ciudad de México, y actualmente comienzo el primer año de Teología.

Mi historia sucedió así: mi papá es empleado federal y mi mamá enfermera. Desde hace años ellos trabajan gran parte del día, de modo que, desde los primeros meses de nacido y hasta los 12 años, mi bisabuela me cuidaba. Al día de hoy tiene 88 años. Con ella pasaba parte de la tarde, comía, y eventualmente hacía la tarea. Disfrutaba mucho de estar con ella porque me sentía protegido, además de que cocinaba platillos exquisitos.

Mi bisabuela solía hablarme de Dios de un modo que yo entendiera. En su habitación había un cuadro de un señor barbado con un corazón ceñido de una corona de espinas en el pecho, ante él, siempre llameaba una veladora que para mí representaba como si ese corazón latiera, como si alguien vivo estuviera allí. Hasta la fecha ese cuadro sigue en el mismo lugar y significa para mí uno de los primeros encuentros con Jesús. Esas vivencias se vieron reforzadas gracias a los valores cristianos de mi familia. Recuerdo también que cada domingo iba a Misa, pero me parecía larguísima y aburrida; prefería sentarme en los reclinatorios hasta que terminara. Un buen día decidí poner atención a una homilía y quedé maravillado. Como cualquier pequeñito que desea ser sacerdote, también jugaba a dar la Misa. A los 12 años me encontraba en la secundaria, ante lo que es el inicio de la adolescencia; viví amistad, enamoramiento y formé parte de una escolta.

A los 15 años, una tarde, me encontraba de rodillas en una iglesia ante el Santísimo Sacramento, ahí volvió a cobrar fuerza esa inquietud que me abrazó de niño y que pude expresar así: “Señor, yo quiero seguirte, quiero entregarte mi vida y ser sacerdote”.

Luego de ello, en la preparatoria viví nuevas experiencias e hice más amistades, tuve un segundo enamoramiento y mis ideales fueron varios, pues me interesé mucho por la psicología, la cinematografía, la fotografía, el modelismo naval y la literatura, como esas cualidades que saltan en dicha etapa; pero era más fuerte el llamado que sentía. En realidad quería ir tras las huellas del Maestro. En un principio me llamó la atención el carisma franciscano, pero en una ocasión me topé con alguna información del Seminario Conciliar de México y, con ayuda de un sacerdote amigo de la familia, conocí la que hoy es mi casa. Definitivamente supe que nada más podía desear que estar ahí, siguiendo a ese hombre que no tenía ni dónde reclinar la cabeza, acompañado de María su madre. Mi familia siempre me han apoyado, al igual que muchos de mis amigos. Hoy, a ti que me lees, quiero decirte que ¡vale la pena seguir a Cristo!

“No es un privilegio ni un poder para sí, sino un servicio a los demás”. Benedicto XVI, Introducción al Cristianismo.

Fuente: SIAME