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NO ERA UN CABALLO, ERA UNA BICICLETA…

By 11 marzo, 2016 No Comments

Testimonio vocacional de Abraham Rosales, alumno del Seminario Conciliar de México. Sin duda, no soy Pablo y no tengo caballo, tengo una bicicleta y soy Abraham Rosales, seminarista. Hace 14 años mi anhelo era tener una bicicleta, ya que después de algunos años de enfermedad y de vivir en hospitales, mi única ilusión era correr a gran velocidad con mi nueva bicicleta

Hace 14 años mi anhelo era tener una bicicleta, ya que después de algunos años de enfermedad y de vivir en hospitales, mi única ilusión era correr a gran velocidad con mi nueva bicicleta, hasta que llegó el gran día de cumplirse mi sueño, pero había un gran problema: no tenía un parque o un lugar cercano para jugar con mi bicicleta nueva. Conforme buscaba el mejor lugar, encontré una rampa maravillosa dónde experimentar la velocidad; me preparé a lanzarme de la rampa, 1, 2, … pero no contaba con que al decir 3, atropellaría al que después sería mi mejor amigo, tampoco imaginaba que ese hombre era sacerdote y mucho menos que aquella rampa era del atrio de la iglesia de Santa Lucía, mi parroquia de origen.

La multa por atropellarlo fue cara, ser monaguillo del Padre durante dos años, donde aprendí una infinidad de cosas, y no sólo eso, sino que admiré y conocí a Jesús por medio del P. Antonio, pero al igual que una bicicleta en una rampa, este amigo se fue rapidísimo, lo vi morir de la manera más terrible.

Y al verlo muerto, pensé a la misma velocidad: “ser sacerdote y terminar así ¡Jamás!”, pero Dios fue más rápido, me alcanzó cuatro años después. Conocí un sacerdote de camino a la preparatoria y con sólo hablarle unos minutos sentí como una ilusión se volvía a encender, de manera muy extraña.  A la semana siguiente hablé con mi gran amigo Ramón y le dije mi sentir, él me recomendó hablar con el nuevo párroco de la comunidad, y sin duda  fue el mejor consejo. Hablé con él y me hizo una pregunta que fue como bajar de una rampa a gran velocidad: “¿Quieres ser sacerdote?” Mi respuesta fue igual de rápida: “Sí quiero”. Me llevó con el responsable de vocaciones y me dio dos opciones: terminar la Preparatoria afuera y entrar al Curso Introductorio, o dejar el año de prepa y empezar de nuevo ingresando al Seminario Menor. Recuerdo que fui al Sagrario y le dije al Señor: “Si esto es tu voluntad, ayúdame”. Así que acepté empezar de nuevo la prepa, pues iba un año adelantado.

Así que en agosto de 2007 ingresé al Seminario Conciliar de México, y ahora ya han pasado nueve años, veloces, desde ese día, y puedo decir que no me arrepiento, ya que ha sido la aventura más maravillosa de mi vida; aquí conocí a mis mejores amigos, he aprendido miles de cosas, y sobre todo, aquí he descubierto cómo amar a Jesús en su Iglesia, y ese mismo amor me lleva a darle mi felicidad y mi vida diciendo: “¡Quiero ser Sacerdote!”

Sin duda, no soy Pablo y no tengo caballo, tengo una bicicleta y soy Abraham Rosales, seminarista. Te agradezco por leerme y sólo te digo que amar a Dios es ser feliz disfrutando la velocidad de Dios.

Fuente: SIAME