Echar las redes

QUIERO SER COMO UNA VELA, QUE SE DESGASTA ALUMBRANDO AL PRÓJIMO

By 14 enero, 2016 No Comments

Testimonio vocacional de Noé Saúl Quezada Agüero, alumno del Seminario Conciliar de México. Estimado lector, hoy te quiero contar la historia de mi vocación. Mi nombre es Leonel Velasco Salazar. Actualmente me encuentro en el tercer año de Teología, y estoy a dos años de ser sacerdote.

Puedo decir que uno de los momentos primeros de mi despertar vocacional es en la infancia, de algún modo me veo influenciado por mis tíos, ya que dos de ellos entraron al seminario y se ordenaron diáconos, pero los caminos de la vida son distintos en cada persona, y mis tíos abandonaron el ministerio. También tengo una tía que es la Madre Superiora de un convento en Estados Unidos. De este modo, mi familia va siendo luz para mi vocación.

Aunque en casa no éramos muy cercanos a la Iglesia, puedo decir que asistíamos a Misa cada domingo. Cuando tenía ocho años me empezó a llamar más la atención el querer estar más tiempo en la parroquia. Mi mamá entró al grupo de pastoral, yo al grupo de corderitos, lo que hoy en día se le conoce como semilleros.

En esta vivencia me invitaron a formar parte del grupo de monaguillos. Recuerdo que ellos se reunían los sábados para su formación, yo le insistía a mi mamá que me llevara a la parroquia para tener mi formación de monaguillo y así poder ayudar en las Misas, sin embargo, para que esto sucediera pasó algo de tiempo.

Es aquí donde comenzó en mí una fuerte atracción por las cosas de la Iglesia, el de estar en las Misas, el ser constante y el no faltar a mis servicios me causaba alegría.

El testimonio del sacerdote, las actividades de la parroquia, la comunidad, fue intensificando en mí el deseo por ser sacerdote. Como monaguillo duré bastante tiempo; sino mal recuerdo, comencé entre los 7 u 8 años de edad, hasta que entré al seminario.

Tuve mucha cercanía con mi párroco llamado César Torres. Él me enseñó a cocinar, carpintería y a elaborar vitrales. Para mí era un ejemplo a seguir, pues este sacerdote era como cualquier persona, pero con un corazón de pastor. Él se preocupaba por el bienestar de la comunidad y quería quitar las cantinas clandestinas cerca de las escuelas que ahí había. Muchos no lo tomaron a bien. Pasó el tiempo y hubo un asesinato de una mujer en mi comunidad, y lo culparon injustamente. En el fondo yo sabía que él era inocente, pues estuve con él cuando supuestamente había cometido el crimen. Lo que más me sorprendía era su fortaleza y su confianza en Dios. Estando en la cárcel me regaló un cuadro de la Medalla Milagrosa que aún conservo. Después de un largo proceso lo dejan libre sin culpa alguna.

Este testimonio fortaleció mi llamado vocacional, y algunos años después entré al seminario. El P. Cesar Torres me enseñó a ser como una vela que se desgasta en alumbrar a los demás, y si Dios me permite ser sacerdote, quiero desgastarme siendo luz para los demás.

Fuente: SIAME