Echar las redes

REFLEXIÓN DE PATRICIO.

By 28 enero, 2015 No Comments

La amistad que Él me ofrece sólo puede significar que también yo trate siempre de conocerle mejor; que yo, en la Escritura, en los Sacramentos, en el encuentro de la oración, en la comunión de los Santos, en las personas que se acercan a mí y que Él me envía, me esfuerce siempre en conocerle cada vez más. La amistad no es solamente conocimiento, es sobre todo comunión del deseo. Significa que mi voluntad crece hacia el «sí» de la adhesión a la suya(Solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo, Basílica Vaticana, miércoles 29 de junio de 2011)

En una homilía pronunciada por Benedicto XVI, en el año 2009, el sumo pontífice definía la amistad como una comunión en el pensamiento y el deseo. Al hablar de esta comunión el Papa hacía referencia a la íntima relación que se puede desarrollar entre dos o más personas una vez que emprenden la búsqueda por establecer un vínculo de verdadero amor y entendimiento primero con Dios y luego con los hombres. Por ello leer la Sagrada Escritura y nutrirse de todo lo que nos acerque más a la vida de Cristo será alimento que anime e impulse aquel deseo de conocerle mejor.

El 14 de febrero representa para nuestra sociedad un día donde se celebra el valor de la amistad y el amor que de ella forma parte. Su origen y significado se ha ido perdiendo con el paso del tiempo, sin embargo, esto no quiere decir que de dicha “fiesta” no se puedan obtener cosas buenas. Este día nos invita a interiorizarnos y hacer una revaloración en la que teniendo a Cristo como el amigo fiel y entregado podamos preguntarnos ¿he servido a mis amigos como Jesús lo haría? ¿les he compartido mi tesoro escondido en el campo? (Mt 13,44).

Como hombres nuestra naturaleza está dañada por el pecado y querer actuar por iniciativa propia teniéndose a uno mismo como ejemplo y parámetro de toda moralidad puede cegarnos ante lo importante y distraernos de alcanzar la felicidad que brota de toda relación sincera de amistad. En cambio, si tenemos a Cristo como modelo y fuente de toda alegría que emana de servir al prójimo y a Dios encontraremos una luz que guíe nuestra vida y nuestras relaciones con los amigos.

Para ello, Jesús nos da múltiples ejemplos de lo que significa ser un verdadero amigo; Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mi ( Jn 10,14). En esta cita Jesús nos enseña el vínculo tan cercano y personal que mantiene con cada uno de sus amigos. También establece una relación de total respeto hacia la dignidad del otro y que como buen amigo busca y comparte lo mejor de sí. Además de enseñar, reír, llorar y acompañar en todo momento a sus amigos, Cristo nos da un gran ejemplo del amigo que realmente ama: Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13). En efecto, Jesús dio la vida porque amaba a sus amigos y en ese acto tan supremo de amor podemos encontrar todas las respuestas a nuestras interrogantes sobre la verdadera amistad, Él vino a derrotar al pecado porque solo así podrían alcanzar la salvación sus amigos. Así pues, el buen amigo será aquél que procure nuestro bien, especialmente cuando esto sea corregirnos de alguna manera. Ya no os llamo siervos, porque el siervo nunca sabe lo que suele hacer su amo; a vosotros os he llamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer (Jn, 15,15).

No hay nada más difícil que hacer durar una amistad hasta el último día de la vida. (Cicerón)

Como he mencionado anteriormente, comprender el valor de la amistad puede tomar toda la vida, por ello como católicos y amigos de Jesús tenemos la ventaja de poder estrechar lazos de amistad con los hombres que tengan por fundamento y sostén una serie de virtudes, virtudes que vemos y que podemos imitar conforme profundizamos en el conocimiento íntimo de Cristo.

Cuando hay un verdadero deseo de formar un lazo de amistad se debe buscar que el otro pueda alcanzar toda su perfección, teniendo la tranquilidad de que aquello que le hemos propuesto es lo mejor para su alma y su justa glorificación a Dios.

Para concluir, creo firmemente que el mandato de Cristo declarado a sus apóstoles ilumina e invita a todos los hombres a establecer verdaderos vínculos de amistad y unión con nuestros hermanos.  Amar verdaderamente a Dios nos lleva amar y tratar a los demás con la misma caridad con que Él nos trata, y en esa caridad anunciar a todos la grandeza de su reino. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él (Jn. 14,21).