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TRAS SANAR DE UNA GRAVE ENFERMEDAD, ME DI CUENTA QUE DIOS ME QUERÍA PARA ÉL

By 19 abril, 2017 No Comments

Pero bien sabemos que cuando el hombre no puede, Dios se manifiesta y por Providencia Divina no ocurrió lo que temía. Estoy seguro de que los Sacramentos fueron ese signo sensible del Amor de Dios en mi vida. Tomó un tiempo el recuperarme.

Mi nombre es Gerardo Rodríguez, soy estudiante de segundo de Filosofía, y esta vez tengo el honor de compartirles mi testimonio vocacional. Vengo de una familia católica: desde pequeño me llevaban a Misa y orábamos antes de cada alimento (costumbre muy bonita que nunca deberían de perder en sus familias). Cuando iba a Misa, me llamaba mucho la atención el amor del sacerdote hacia su comunidad. El hermano de mi abuela también era sacerdote franciscano de la OFM, fray Domingo Guadalupe Díaz, y tuvo gran influencia en mi vocación.

Soy el mayor de dos hermanos, vivimos con mi mamá y los amo a los dos; de mi papá no supimos nada después de la separación. Menciono esto porque, como han de imaginar, fue duro para mi madre trabajar y sacarnos adelante ella sola. Cuando cumplí 16 años, a la par de estudiar el bachillerato, entré a trabajar a una cadena de comida rápida para poder ayudar con algo de dinero a la casa.

Un día por la tarde, tuve la inquietud de rezar en la iglesia el Rosario, devoción que me había enseñado mi abuelo desde muy pequeño. Como nota: a quienes se les hace aburrido rezar el Rosario, les puedo decir que se atrevan a hacerlo, es como un lazo que tiene la Virgen María y lo utiliza para acercarnos hacia Dios.

En la parroquia me invitaron a participar en grupos, y fue cuando conocí gente maravillosa que da testimonio del mensaje de Cristo no sólo de palabra, sino de obra, y a la fecha oro todos los días por ellos. Terminando el nivel medio no entré a la universidad porque no sabía qué quería; nada me convencía, aunque les confieso que en lo profundo de mi corazón estaba el llamado a la vocación sacerdotal, pero me hacía el sordo para no escucharlo.

Tenía 23 años, vivía solo y casi todo el tiempo trabajaba. Por aquellos días me dio una gripa que duró un mes y no se quitaba ni con medicamentos, me dieron incapacidad pensando en que era estrés. Gran sorpresa me llevé cuando al despertar al día siguiente, tenía “como dormidos” brazos y piernas. Como pude llamé para que me llevaran al hospital. Estuve un mes internado, paralizado y también sin ver.

Los médicos tardaron en diagnosticar la enfermedad, pues era un virus muy raro llamado Guillian Barré. Me habían dicho que si otro órgano de mi cuerpo se dormía, les avisara inmediatamente; pensé que era broma, pero no fue así. Una noche dejé de sentir la parte interna del estómago, fue entonces cuando los médicos me advirtieron que la parálisis ascendería muy probablemente a pulmones y corazón; en ese momento voltee a ver a mi mamá y le pedí que fuera por un sacerdote para confesarme, comulgar y recibir la Unción de los Enfermos. “Nada podemos hacer”, dijo el médico. Pero bien sabemos que cuando el hombre no puede, Dios se manifiesta y por Providencia Divina no ocurrió lo que temía. Estoy seguro de que los Sacramentos fueron ese signo sensible del Amor de Dios en mi vida. Tomó un tiempo el recuperarme.

En el momento en el que podía morir, supe que si Dios me había dado otra oportunidad, tenía que hacer lo que mi corazón quería, por lo que busqué entre diversos carismas y decidí que Dios me llamaba para ser diocesano, y así es como llegué al Seminario Conciliar de México.

Fuente: SIAME